EL DUELO POR NUESTROS ANGELITOS

–¡No inventes!

–¡Solo es un perro/gato/ratón, etc!

— ¡No puedo creer que hagas tanto drama por un animal!

— ¡Ya cálmate, luego te compro otro!

            Frases que aún hoy en día llegamos a escuchar de personas que no alcanzan a comprender la importancia de la vida animal en general, ni  el respeto y el cuidado que nos merecen y mucho menos la importancia que un verdadero compañero de vida puede representar…

            Estamos hablando de aquellos pequeños que nos brindaron amor incondicional, lealtad, comprensión, compañía, alegrías, enseñanzas de vida; que son parte de nuestro día a día, que no escatiman al momento de expresar su emoción al vernos, que reconocen, incluso a decenas de metros de distancia, nuestro olor, nuestra voz, nuestro caminar; que entienden nuestros estados de ánimo y se involucran al grado de provocar cambios positivos en ellos y en nuestras conductas… Entonces ¿Cómo puede alguien atreverse a intentar minimizar el gran dolor que la pérdida de uno de ellos produce? Al respecto, los expertos recomiendan hacer caso omiso de comentarios como los anteriores y enfocarnos en el entendimiento de los sentimientos y emociones que experimentaremos antes, durante y después de la pérdida de nuestros angelitos.

Como ante cualquier pérdida, nos enfrentaremos a un proceso de duelo que durará el tiempo necesario dependiendo de cada persona. Según diversas experiencias recopiladas, este podrá considerarse como superado, en el momento en que sin darnos cuenta, los recuerdos dejen de doler; para ello deberemos experimentar las diferentes etapas que todo duelo implica y que son, sin que necesariamente se presenten en un orden estricto: Negación y/o Confusión, Ira, Negociación, Dolor/ Culpabilidad, Tristeza / Depresión y Asimilación/ Aceptación.

  • La etapa de negación y/o confusión ocurre inmediatamente después del deceso de nuestros angelitos, nos negamos a aceptar la realidad que estamos viviendo, no entendemos qué es lo que está ocurriendo y pensamos que no puede estar pasándonos…
  • Esto genera muchos sentimientos encontrados que desencadenan la ira; la situación irreparable que experimentamos nos obliga a buscar un culpable, un responsable y causante del dolor que sentimos. Puede existir o no un responsable directo del deceso, pero en esta etapa, eso eventualmente deja de importar y empezamos a culparnos a nosotros mismos, pensamos que independientemente de que existiera un responsable directo, nosotros pudimos y debimos haber hecho o dejado de hacer algo para evitar lo sucedido. Esto nos conduce a una gran tristeza que puede convertirse en depresión.
  • En la etapa de la negociación, que puede presentarse antes del deceso, intentamos buscar una alternativa, una solución, a cualquier costo. Este es el momento en que nos aferramos a nuestras creencias y buscamos incluso, ayuda divina.
  • Cuando ninguna estrategia o alternativa ha funcionado y la pérdida se torna inminente, el dolor y la tristeza superan cualquier otro sentimiento porque finalmente entendemos que nuestros amados compañeros de vida no estarán más con nosotros, que no hay marcha atrás y que ellos se han ido. Nos sentimos derrotados y no sabemos cómo seguir…
  • La etapa de asimilación y aceptación llega cuando nos hacemos conscientes de la realidad, nuestros pequeños no estarán más con nosotros pero nosotros seguimos con vida y necesitamos volver a vivir.

Algunos consejos brindados por expertos tanatólogos son:

  1. Dar tiempo. El tiempo necesario para aceptar una pérdida y aprender a vivir con ella depende de cada persona. Es importante hacer una conciencia real de que los sentimientos que estamos experimentando, eventualmente se irán desvaneciendo.
  2. Necesitamos identificar y expresar nuestros sentimientos y emociones, compartirlas de preferencia con quien también las esté experimentando para dejar de enfocarnos solo en nuestro propio dolor. Esto al igual que el llanto, ayudará a empatizar, sacar y depurar el dolor y tristeza que nos invaden.
  3. Jamás sentir vergüenza por expresar lo que se siente, si necesitamos llorar, correr, gritar, brincar, hagámoslo, cuidando siempre de evitar causar un daño, a nosotros mismos o a terceros.
  4. Mantener la mente y el cuerpo ocupados, intentar retomar nuestra rutina, reorganizar nuestros pensamientos con la conciencia de que aquél a quien perdimos ya no está pero eso no nos quita el derecho de seguir viviendo y ser felices. Hacer ejercicio, cuidarnos a nosotros y a los nuestros.
  5. Recordar que aquél al que perdimos, disfrutaba viéndonos felices, así que debemos buscar alguna actividad que nos guste y nos cause alegría. De manera que podamos dedicarle nuestros “pequeños logros” a ese angelito que se nos fue.
  6. Buscar ayuda profesional de ser necesario.

La pérdida de un compañero de vida representa un cambio radical y sin retorno pero todos podemos salir adelante si aprendemos a vivir con su recuerdo y sus enseñanzas. Nuestros angelitos nos observan, nos cuidan y se sienten felices cuando nos ven felices.

La gente podrá verme como una simple mascota pero cuando te sientas triste, yo te haré sonreír; cuando llores, te consolaré; seré  tu mejor amigo en todo momento y si alguien osa romper tu corazón, MI CORAZÓN SIEMPRE SERÁ TU HOGAR…”

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